A lo largo de la historia, Armenia ha sido una línea de fractura y un campo de batalla entre Oriente y Occidente. Hoy sigue siendo una frontera entre el imperialismo occidental, encabezado por Estados Unidos y la Unión Europea, y el bloque imperialista emergente en Oriente, liderado por la alianza Rusia–China.
La liberación de la clase trabajadora de Armenia y del Cáucaso no reside ni en el chovinismo de los viejos oligarcas que se apoyan en el poder militar y económico de Rusia, ni en el liberalismo autoritario prooccidental de Pashinyan, que presenta la transformación de Armenia en un posible campo de batalla de la Unión Europea y la OTAN contra Rusia e Irán como una promesa política.
Aras Ege / 30 de junio de 2026
Las elecciones armenias del 7 de junio de 2026 y sus implicaciones de clase
El Partido Contrato Civil de Nikol Pashinyan conservó su mayoría parlamentaria al obtener aproximadamente el 49,89 % de los votos. La oposición parlamentaria quedó integrada por Armenia Fuerte, encabezada por el oligarca armenio-ruso Samvel Karapetyan, que obtuvo el 23,34 % de los votos, y la Alianza Armenia, liderada por el expresidente armenio Robert Kocharyan, que consiguió el 9,95 %.
Pashinyan representa la figura de un bonapartista liberal-burgués, cuya fortaleza proviene de equilibrar el odio de las masas hacia el viejo statu quo y la oligarquía con su aspiración a integrarse en el imperialismo occidental. Por un lado, ha desmantelado la antigua alianza entre la oligarquía rusa, la burocracia y la burguesía compradora en Armenia; por otro, al perseguir y castigar a sus adversarios políticos, está creando las condiciones para un retroceso democrático en lo que hasta ahora era considerado el único país del Cáucaso que podía calificarse de democrático.
El hecho de que los dos partidos prorrusos hayan concurrido por separado a las elecciones refleja la fragmentación de la burguesía compradora. Esta fracción, que por un lado intentó movilizar a las masas mediante intentos de golpe de Estado respaldados por la Iglesia Apostólica Armenia y por el chovinismo nacionalista, mientras por otro prometía la protección rusa frente a la amenaza turco-azerbaiyana, no logró ofrecer ninguna alternativa para la clase trabajadora. Por el contrario, no hizo más que consolidar a Pashinyan como el «mal menor».
Esta profunda polarización social, reflejada también en la distribución de escaños parlamentarios (64–41), constituye en sí misma una proyección de la posición histórica de Armenia como línea de fractura y campo de batalla entre Oriente y Occidente. A lo largo de su historia, Armenia ha ocupado la primera línea entre las grandes potencias: Roma y Persia, Bizancio y los sasánidas, los Imperios otomano y safávida y, durante el último siglo, entre turcos y rusos. Una tierra que siempre ha sido una zona de confrontación entre Oriente y Occidente, Armenia continúa sirviendo hoy como frontera entre el imperialismo occidental, encabezado por Estados Unidos y la Unión Europea, y el nuevo centro imperialista representado por la alianza Rusia–China.
Las divisiones sociales producidas por quedar atrapada entre estas grandes potencias son, por tanto, inevitables.
La derrota de Nagorno Karabaj / Artsaj y sus consecuencias
Durante los últimos cuarenta años, la cuestión de Nagorno Karabaj/Artsaj ha sido el principal problema que ha determinado la política armenia. Durante milenios, ya fuera como entidad independiente o bajo el dominio de distintos Estados, Nagorno Karabaj fue la patria del pueblo armenio. Tras la derrota de las fuerzas de la República de facto independiente de Artsaj en 2020 y el desplazamiento forzoso de cerca de 150.000 armenios en 2023 —un acto de limpieza étnica que despojó a Nagorno Karabaj de su población armenia—, la pérdida de Artsaj sigue siendo una herida abierta y una fuente permanente de peligro para Armenia.
La guerra que estalló en Nagorno Karabaj durante la disolución de la Unión Soviética fue el resultado de la incapacidad de la burocracia estalinista para resolver la cuestión nacional y de su política deliberada de fomentar el chovinismo. Las burguesías de ambos países aprovecharon el conflicto para envenenar a sus respectivas clases trabajadoras con el nacionalismo y ocultar el saqueo llevado a cabo mediante las privatizaciones.


Antes de la guerra de Nagorno-Karabaj de 2020 y después de la guerra de Nagorno-Karabaj de 2020
La Segunda Guerra de Karabaj, en 2020, terminó con la derrota de Armenia como consecuencia de la superioridad militar de Azerbaiyán, equipada con tecnología turca e israelí, y de la decisión de Rusia de castigar a Pashinyan. La ofensiva relámpago de septiembre de 2023, seguida por el desplazamiento forzoso de 150.000 armenios, constituye una prueba de cómo el derecho de las naciones a la autodeterminación es pisoteado en las mesas de negociación de la diplomacia burguesa. La burguesía compradora armenia prorrusa arrastró primero a los pueblos de Nagorno Karabaj y de Armenia a la guerra, para luego abandonarlos a su suerte en el momento de la derrota.
Quienes abandonaron al pueblo armenio en 2020 no fueron únicamente Rusia y la burguesía compradora prorrusa. Estados Unidos, la Unión Europea y gran parte de la comunidad internacional también respaldaron la operación militar, algunos de manera abierta y otros mediante su silencio.
Las líneas de fractura entre Estados Unidos y Rusia y entre Israel e Irán en el Cáucaso Sur
Tras la independencia, Armenia buscó estrechar sus relaciones con Occidente, donde desde el Genocidio Armenio de 1915 vive aproximadamente un tercio del pueblo armenio. Sin embargo, debido a que la cuestión de Nagorno Karabaj permanecía sin resolverse, Armenia continuó dentro de la órbita de Rusia: para hacer frente a la amenaza militar turca y al mantenimiento del cierre de sus fronteras, para preservar la independencia de Nagorno Karabaj y debido a su dependencia económica de Rusia. Con el paso del tiempo, la Armenia independiente se convirtió en un país empobrecido por la alianza entre una burocracia corrupta y una oligarquía.
La magnitud de la corrupción y del empobrecimiento quedó plenamente al descubierto tras la derrota de Nagorno Karabaj en 2020. Aunque Armenia adquirió cuatro cazas Su-30 a Rusia en 2016, nunca compró el armamento ni las bombas necesarias para hacerlos operativos. En el momento en que el país más los necesitaba, fue incapaz de recibir las municiones que ya había pagado años antes. Además, se descubrió que los depósitos militares estaban llenos de armamento ruso obsoleto y de municiones rusas inutilizables.
El debilitamiento de la hegemonía rusa en el Cáucaso Sur
La alianza entre Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido, con el objetivo de debilitar a Rusia, comenzó a dirigir su ofensiva estratégica hacia dos regiones consideradas el «vientre blando» de Rusia: el Cáucaso Sur y Asia Central.
Tras la disolución de la Unión Soviética, Rusia mantuvo su dominio sobre Georgia. Sin embargo, después de la Revolución de las Rosas de 2003, Georgia comenzó a alejarse gradualmente de Moscú, persiguiendo los objetivos de integrarse en la Unión Europea y convertirse en miembro de la OTAN. Rusia respondió castigando a Georgia mediante la guerra de 2008. Aunque Georgia continuó aspirando a la integración occidental tras aquel conflicto, el estallido de la guerra en Ucrania, la creciente posibilidad de convertirse en el siguiente objetivo de Rusia y el incumplimiento de las promesas occidentales modificaron el rumbo político del país. Si bien Rusia recuperó cierto grado de influencia tras las elecciones más recientes, Georgia continúa fuera del marco de la hegemonía rusa.
A pesar de los turbulentos acontecimientos que acompañaron la independencia de Azerbaiyán y de sus primeros intentos de romper con la influencia rusa, la llegada al poder en 1993 del antiguo miembro del Politburó y vicepresidente del Consejo de Ministros de la URSS, el viejo «apparatchik» Heydar Aliyev, quien había gobernado de facto el Azerbaiyán soviético entre 1969 y 1982, transformó el país en una dictadura basada en el poder de un solo hombre. De este modo, Azerbaiyán permaneció dentro de la órbita rusa. Tras la muerte de Heydar Aliyev, su hijo Ilham Aliyev heredó tanto el poder como la riqueza, convirtiéndose en el nuevo gobernante autocrático del país.
Enriquecido gracias a los recursos petroleros y gasíferos de Azerbaiyán, Ilham Aliyev estableció relaciones cada vez más estrechas con Occidente, especialmente con Israel. Cultivando estas relaciones mientras mantenía un equilibrio con Rusia, Azerbaiyán fue adquiriendo gradualmente una mayor autonomía respecto de la influencia rusa. La Unión Europea, desesperada por sustituir el gas natural ruso tras la guerra entre Rusia y Ucrania, abandonó de hecho a Armenia a cambio del suministro de gas azerbaiyano. Al mismo tiempo, el petróleo de Azerbaiyán transportado hacia Israel a través del oleoducto Bakú–Tiflis–Ceyhan se convirtió en una de las principales fuentes de energía del Estado israelí.
El eje Israel–Azerbaiyán e Irán
Azerbaiyán, uno de los principales socios de Israel en su estrategia contra Irán, aspira a reivindicar territorios habitados por la población azerbaiyana que representa aproximadamente una cuarta parte de la población iraní. En función de este objetivo, Azerbaiyán ha lanzado repetidas amenazas militares contra Irán. Además, alberga instalaciones de radar y centros operativos israelíes, al tiempo que fomenta la agitación nacionalista entre la población azerbaiyana residente en Irán.
Como parte de la estrategia más amplia de cercar y contener a Irán, Nagorno Karabaj fue entregado a Azerbaiyán, mientras que el denominado Corredor de Zangezur, proyectado para atravesar el sur de Armenia, fue concebido para cortar completamente la conexión terrestre entre Irán y Rusia.
Al comienzo de la guerra estadounidense-israelí contra Irán, Azerbaiyán se sumó al coro de Estados que amenazaban a Teherán. Sin embargo, cuando Irán no sufrió una derrota militar ni mostró signos de colapso interno, Bakú retrocedió respecto de su postura inicial y dejó de cumplir lo que parecían haber sido sus compromisos con Israel.
El reconocimiento por parte de Israel del Genocidio Armenio de 1915
Desde su creación en 1948, Israel consideró a Turquía su principal aliado en Oriente Medio. Sin embargo, durante las dos últimas décadas, los intentos del régimen de Erdoğan de frenar la agresión y el expansionismo israelíes en la región, al mismo tiempo que impulsaba sus propias ambiciones regionales, deterioraron progresivamente las relaciones entre Turquía e Israel. Como consecuencia, Israel comenzó a construir nuevas alianzas tanto en el Mediterráneo Oriental como en el conjunto de Oriente Medio.
Cuando Azerbaiyán, uno de los pilares de este nuevo sistema de alianzas regionales, no consiguió proporcionar las ventajas estratégicas prometidas durante la guerra contra Irán de 2026, Israel decidió reconocer el Genocidio Armenio de 1915. Esta decisión perseguía un doble objetivo: establecer una posición más sólida en el Cáucaso, una región de la que históricamente había permanecido alejado, y castigar a Azerbaiyán.
Desde un punto de vista histórico, Israel se había negado sistemáticamente a reconocer otros genocidios con el fin de preservar el carácter único y singular del Holocausto y evitar comparaciones con sus propias políticas genocidas contra el pueblo palestino. Durante décadas rechazó reconocer el Genocidio Armenio e incluso realizó una intensa labor de presión, especialmente en Estados Unidos, para impedir su reconocimiento internacional. Israel puso fin a estas actividades de lobby en 2019, tras lo cual el Senado de Estados Unidos reconoció oficialmente el Genocidio Armenio ese mismo año. Aunque Donald Trump se negó a respaldar aquella decisión, Joe Biden la asumió oficialmente en 2021.
En el nuevo escenario geopolítico surgido después del 7 de octubre de 2023, Israel ha continuado desarrollando nuevas iniciativas estratégicas destinadas a reforzar su posición regional, construir nuevas alianzas y estrechar aún más el cerco contra Irán.
Entre la alianza Turquía–Azerbaiyán y el eje UE–OTAN–TRIPP
Desde hace tiempo, Turquía ha tratado de asumir un papel dirigente en la estrategia occidental, encabezada por Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido, para expandir su influencia hacia Asia Central. Con este objetivo, Ankara ha fortalecido durante años sus relaciones económicas y militares con los países de Asia Central.
En este contexto, la burguesía oligárquico-compradora de Turquía ha insistido en la apertura del Corredor de Zangezur, que atravesaría el sur de Armenia para establecer una conexión terrestre directa con Azerbaiyán y acceder a los mercados de Asia Central como parte del proyecto panturquista. Dicho corredor no solo abriría una vía terrestre hacia las repúblicas de Asia Central, consideradas el «vientre blando» estratégico de Rusia, sino que además cortaría la conexión terrestre entre Irán y Rusia.
Al mismo tiempo, Armenia trató de preservar sus históricas relaciones con Irán, país en el que siguen viviendo más de 100.000 armenios. Frente a estas crecientes amenazas, Ereván se orientó cada vez más hacia una cooperación más estrecha con Estados Unidos y la Unión Europea. Tras iniciar un proceso de normalización con Turquía y Azerbaiyán, el gobierno de Pashinyan, después de su victoria electoral, comenzó a promover el proyecto Cruce de Caminos para la Paz (Crossroads of Peace), que contempla la reapertura de las fronteras con ambos países. Posteriormente, Armenia se incorporó al proyecto TRIPP (Trump International Route for Peace and Prosperity) impulsado por Estados Unidos, quedando así obligada, bajo el discurso de la paz regional y el desarrollo económico, a abrir las puertas a la monopolización de las rutas estratégicas de transporte y de los recursos minerales del Cáucaso Sur por parte de las potencias imperialistas.
Basado en las privatizaciones y en los intereses de las corporaciones multinacionales, con el 74 % de las acciones corporativas bajo control directo estadounidense y un período de concesión de noventa y nueve años, este proyecto hipoteca la soberanía de Armenia y de los pueblos de la región, transformando los corredores de transporte, que deberían constituir un derecho público, en instrumentos de lucro para el capital imperialista. El TRIPP surgió como una imposición neoliberal destinada a satisfacer el apetito de mercado del capital financiero occidental, facilitar el saqueo de los minerales de tierras raras y preparar el terreno para el avance geopolítico de Estados Unidos y de la Unión Europea con el objetivo de establecer su hegemonía sobre Eurasia frente al eje Rusia–China–Irán.
Al mismo tiempo, junto al gas natural ruso, que continúa siendo la principal fuente de energía de Armenia, se firmó un acuerdo para construir una nueva central nuclear de tecnología estadounidense destinada a sustituir la antigua instalación de diseño ruso que durante décadas ha operado bajo supervisión rusa.
Con el propósito de asegurar esta nueva etapa de recolonización occidental, la Unión Europea aceleró el alejamiento de Armenia de la órbita rusa anunciando paquetes de ayuda por valor de 50 millones de euros para permitir que Pashinyan resistiera la presión económica ejercida por Rusia antes de las elecciones, al tiempo que ampliaba sus misiones civiles de observación en el país.
Mientras tanto, la participación de Armenia en maniobras militares conjuntas con la OTAN, incluidos los ejercicios más recientes junto con Estados Unidos, Francia y Grecia, forma parte tanto de la estrategia expansiva de la OTAN como del esfuerzo más amplio por cercar a Rusia e Irán en el Cáucaso.
Los dilemas y el futuro de Armenia
La victoria de Pashinyan en 2026 no traerá una estabilidad duradera a Armenia. Atrapado entre potencias rivales, este país sin salida al mar continúa dividido entre su dependencia militar y económica de Rusia y las promesas ofrecidas por el imperialismo occidental. Rusia sigue controlando gran parte del suministro de gas natural de Armenia, importantes infraestructuras eléctricas e incluso a los guardias fronterizos desplegados en la frontera con Turquía. Además, continúa siendo el principal socio comercial de Armenia tanto en exportaciones como en importaciones. Entretanto, la exigencia de Azerbaiyán de introducir reformas constitucionales como condición previa para un acuerdo de paz, entre ellas la eliminación de las referencias a la independencia de Nagorno Karabaj, provocará nuevas crisis políticas internas, ya que Pashinyan no logró obtener la mayoría parlamentaria de dos tercios necesaria para aprobar tales modificaciones constitucionales.
Después de haber permanecido durante décadas dentro de la órbita rusa principalmente debido a la cuestión de Nagorno Karabaj/Artsaj, Armenia comenzó a alejarse de Moscú cuando fue la propia Rusia la que facilitó la entrega de Artsaj a Azerbaiyán. Ante el creciente peligro de una agresión turca y azerbaiyana, Armenia se ha visto empujada a aproximarse a Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea para preservar su independencia.
La Unión Europea y la OTAN no son fuerzas que traigan democracia, libertad y prosperidad. Son depredadores imperialistas que amplían la dominación del capital financiero mientras someten a los pueblos de la región al yugo de la deuda.
A pesar de los esfuerzos de Armenia por avanzar en la normalización, las relaciones con Turquía no han progresado debido a la enorme influencia económica y política que Azerbaiyán ejerce sobre Ankara. La política turca hacia Ereván permanece completamente subordinada a los intereses de Bakú. En cada nueva etapa, Armenia se ve obligada a hacer nuevas concesiones tanto a Turquía como a Azerbaiyán. Más allá de la retórica sobre la normalización, este proceso representa la transformación de Armenia en una semicolonia económica del capital turco-azerbaiyano bajo el patrocinio del capital financiero occidental. No se trata de una auténtica fraternidad entre los pueblos, sino de un nuevo intento de distintos centros imperialistas y regionales por repartirse y explotar los mercados.
La liberación de la clase trabajadora de Armenia y del Cáucaso no reside ni en el chovinismo de los viejos oligarcas que se apoyan en el poder militar y económico de Rusia ni en el liberalismo autoritario prooccidental de Pashinyan, que presenta la conversión de Armenia en un posible campo de batalla para la Unión Europea y la OTAN contra Rusia e Irán como una promesa política.
El futuro reside en el rechazo de las guerras nacionalistas y en la lucha revolucionaria común de los trabajadores armenios, azerbaiyanos y georgianos contra el imperialismo y contra sus propias burguesías colaboracionistas.






